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Pasa a tomar el té... (o un café, o una caña, o unas aceitunitas)

Isabel Martín

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Soy como el Aquarius del anuncio: por unas palabras que leas, no tienes por qué conocerme del todo. Siempre hay más. Y espero que mejor!
La música y las webs que son importantes para mí
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Apuntes y observaciones de historia, vida y pensamiento
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Eres tú

Aunque nos miremos en un espejo mínimo... o aunque ese espejo se rompa en mil pedazos diminutos, nosotros seguiremos siendo esa luz. Formaremos parte de una, o de mil, de esas minuciosas y justas gotas de reflejo incomprensible que es nuestra cara en un espejito mágico.

Espejito, espejito, ¿quién es la más guapa del mundo? Quizá me diga que Alicia, que fue a la que vio atravesar su cara oculta. O puede que me compare con la pequeña e inocente Dorothy, en aquel país de Oz... A lo mejor me dice que la más bella es una princesa que se quedó domida a causa de un desa  fortunado pinchazo con un huso. O tal vez quiera acordarse de aquella jovencita llamada Blancanieves, que vivió en el bosque con siete enanitos que la cuidaron de su madrastra...

La princesa del mar, la dama del bosque, la enamorada de un ladronzuelo del Bazar... Qué más da... Todas buscaban -buscamos- lo mismo: un príncipe azul adaptado a los tiempos modernos. ¿Eres tú el príncipe azul que yo soñé?

   

  

Un trocito de bizcocho

Generalmente pensamos que la cocina no está hecha para nosotros. Hablo en plural. En la cercanía que proporciona la calidez de la primera persona del plural, para ser más exactos, porque creo que tendemos a no valorar nuestras posibilidades culinarias. Y quien dice culinarias dice lingüísticas, y de categoría, ya que no todo el mundo puede presumir de conocer los artefactos con los que llenamos este peculiar espacio de nuestro hogar.
 
Si estás pensando, por el título, que el bizcocho me salió de perlas y este pequeño relato es para presumir, te equivocas. Bueno, malo no está (al contrario) pero tiene una apariencia humilde y bajita que indica claramente que soy principiante en esto de la repostería.
 
Y todo tiene una explicación. Después de tres bizcochos bajitos (pero ricos ricos), sin olvidar la levadura, he llegado a la conclusión de que pongo el horno demasiado caliente, lo que provoca que la masa suba rápido y poco, se haga en menor tiempo pero quedándose así, bajito...
 
Os dejo la receta del bizcocho de limón. No pongáis el horno a 230º C; quizá valga con los 180...
 
BIZCOCHO DE LIMÓN
Ingredientes: tres huevos, una taza de harina, una cucharada de aceite, levadura, media taza de azúcar, un yogur de limón.
 
Elaboración: se baten los huevos con las varillas, se añade el azúcar y, a continuación, la harina con la levadura. Se mezcla bien para que no queden grumos y se añade el aceite y, finalmente, el yogur.
 
Se unta el molde con mantequilla y se rocía con harina (para que no se pegue el bizcocho). Después se vuelca la masa en el molde y se mete en el horno, previamente calentado (a 180ºC, no te olvides). Se supone que tiene que tardar unos 40 minutos en hacerse del todo.
 
Para decorarlo, puedes echar unas semillitas de sésamo y queda divinamente.
 
Si te sale bien, acuérdate de esta humilde cocinera que te escribió la receta... e invítame a un café con bizcocho.

La casa de la puesta de sol

Dicen que no hay dos amaneceres iguales y que es un momento especial y bello del día. Últimamente espero el amanecer con los ojos cerrados o bien con las ventanas bajadas y me pierdo una y otra vez la salida del sol, que surge entre edificios que envuelven mi actual casa. En definitiva, no le presto demasiada atención.
 
Quizá es que soy más de disfrutar la tarde, de sus colores, aunque me deja extasiada mi Muralla abulense cuando, como un reloj solar, baja la guardia de la sombra de sus almenas suavemente, deslizándola por sus piedras milenarias hasta fundirse con la hierba. Así pasan las horas en Ávila. Las tardes tienen su reflejo en los colores de las espadañas, en el vuelo de las cigüeñas regresando a los nidos de la catedral, en el alboroto de los 'aviones' entre los muros pétreos, haciendo círculos y más círculos como queriendo siempre volver a casa... pero sin saber dónde está...
 
Los paseos vespertinos junto al río Adaja, oyendo en la radio a Félix Madero en 'De costa a Costa', alejándome del estrés diario, ya no serán igual a partir de ahora. Cambio de casa y cambio de río. A partir de ahora caminaré por la tarde por el paseo del río Chico, bajo el puente de la Sanguijuela, intentando descubrir otros rincones bellos a las afueras, eso sí, de mi ciudad. No cambiaré la radio y le sumaré la música variada de mi iPod, y la puesta de sol la contemplaré más profundamente.
 
Y es que mi nueva casa tiene una peculiaridad. El Principito estaría encantado de ver una y otra vez el atardecer pintado de acuarelas que se observa desde todas las ventanas de mi hogar. Anaranjadas, violetas, blancas y amarillas, las trazas de este dibujo único y natural parecen interminablemente bellas si se contemplan desde un salón color naranja-limón. Las nubes arreboladas parecen decirme que me acostumbraré a vivir aquí, que tengo lo que necesito. Incluido el paisaje.
 
Dicen que no hay dos puestas de sol iguales y que el lugar más hermoso es contemplarlas con el mar de fondo o en la cumbre de una montaña. Quizá sea cierto, pero yo soy tremendamente feliz viendo ocultarse al gran astro bajo la certeza granítica de la Sierra de Ávila y, más allá, la Serrota. Al menos hasta que construyan al otro lado de la calle...

Flores blancas, blanca primavera

Pasarón de la Vera, Cáceres

Un estornudo es prueba inequívoca de que llega la primavera. Suele aparecer despistada, entre vientos, nubes y abejas, y poco a poco se va asentando en nuestras vidas. El campo revive sus colores verdes, seña de que alguien siembra sus cereales de forma invisible y dura. Los árboles se llenan de hojas de un esmeralda intenso y los frutales, en particular, se tiñen el pelo dispuestos a polinizarse.

En varios puntos de España, el paisaje se vuelve de color nieve, inmaculado e indescriptiblemente bello. Es lo que llamo 'color blanco cerezo', ya que son nubes de algodón lo que parecen, en el horizonte de algunos valles. Uno de los más famosos es el Jerte, que celebró hace unas semanas su Fiesta de la Cereza, coincidiendo con el puente del día del Padre. Miles de personas inundaron el campo blanco desvirtuando, en cierta forma, la tranquilidad del campo, del pueblo, del aire puro. Aun así fue un verdadero placer para los sentidos. Y es que un mar de cerezos arranca miles de sonrisas, de forma que la sensación de bienestar se multiplica por x.

Todos los años "bajo" al Valle del Jerte por el Puerto de Tornavacas, divisando las distintas estampas de otras tantas alturas. Mi preferida, además de la panorámica de lo alto del puerto, es el río a su paso por Cabezuela del Valle. También las gargantas que se cruzan a lo largo de la carretera (Soria-Plasencia). Te puedes quedar dormido en alguna de las piedras cercanas al agua, relajarte con su sonido cristalino y revivir un amor. ¡A pesar de estar rodeado de turistas!

Este año ha sido algo distinto. He descubierto la otra cara del valle; en este caso, el Valle de la Vera. Primero, atravesando Candeleda y descubriendo los cerezos de El Raso -anejo candeledano-. Más adelante, a partir de Cuacos de Yuste y hasta pasado Pasarón de la Vera, de nuevo un mar de frutales florecidos junto a la carretera. En un valle más angosto, donde se pierde la perspectiva del paisaje, la referencia se cubre con los árboles que se tocan casi desde el coche. Autoturismo, turismo de carretera: lo tenemos de forma inmediata y genera una sensación de bienestar inmensa, pletórica.

Hay algo mucho mejor: la compañía.

Y bajarse del automóvil y recorrer los caminos; hablar con las gentes del lugar; conocer, de esta forma, las costumbres de un pueblo. Y es que ya lo decía Antonio Machado, que nada decía ni de carros, ni coches, ni trenes ni autobuses: se hace camino al andar.

Protección

Es curioso lo que se aprende del ser humano observando a un pequeño bebé. Lo que somos, lo aprendemos instintivamente, en muchos casos, y nuestro afán por sentirnos protegidos nos hace llorar, gritar, temblar... y otras cosas mucho peores (véase la recién oscarizada película india Slumdog millonaire, que dice eso y más).
 
Nunca me había fijado en un detalle de los bebés hasta ayer. No soy madre (sólo tía, y a mucha honra), y quizá por eso no había reparado, como ayer en Elena (mi sobri; tiene, cuando escribo esto, 18 días en este mundo -que no en esta vida, que lleva bastante más-), en su lloro instintivo al sentirse desnudita, mientras su mamá le cambiaba el pañal. "Es porque piensa que se va a caer. Sujétale las manitas y ya verás cómo se le pasa", dijo mi hermana. En efecto. Fue sentir el calor de mis manos apretando las suyas y volvió a ser la misma Elenita tranquila, espabilada, atenta a su alrededor intentando captar el más mínimo detalle de color, ruido, olor, sonido, palabras, risas...
 
Su mundo se reduce a lo que lleva conociendo meses -las voces de sus hermanas y sus caricias, que le hacen sonreír (es cierto)-, los pasos de su padre y el regazo calentito y cómodo de su madre. Es el mundo seguro que todos ansiamos, aún cuando hemos crecido.
 
 
P.D. De 'Slumdog millonaire' ya hablaré, pero otro día.
 

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