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    Otoño

    VISTAS DESDE EL BALCÓN Hoy el día se ha levantado de mal humor y ha tirado, con su brazo airado, todo el mobiliario de la terraza. No sé si quiere llorar o si sólo tiene una rabieta. Diría que se ha levantado con el pie izquierdo, pero -a lo mejor- algún zurdo se puede enfadar y sentirse discriminado... Así que sólo diré que hoy, 30 de octubre de 2008, el día no tiene buen día.

    El viento frío se agarra a mi espalda, se lleva volando los grados del termómetro y entreteje un jersey de nudos en mis músculos. Me encojo. Mi carita se pone sonrosada y varias hojas de los árboles del parque me acarician, revoloteando suavemente a mi alrededor.

    Algunas de las hojas de los castaños han caído de forma más violenta, como si la mano del día 30 de octubre quisiera arrancarlas pronto, olvidar el otoño y comenzar con el frío invierno.

    Quizá empiece a nevar. Quizá son tus ojos, nublados de angustia o de emoción, los que quieran apartar el temporal que llega a tu cabezotita, que te da la vuelta, te inunda y te deja un pequeño dolor... No te preocupes, se pasará y pronto, más de lo que crees, llegará mayo...

     

    Llueve a carcajadas

    No se ve la luna, y eso que debe estar preciosa y otoñal en este cuartocreciente momento de gloria. Sin embargo, llueve a carcajadas y el agua limpia las calles empedradas de la ciudad. Hace un rato, más que limpiar parecía que iba a borrar los adoquines, como si fueran caramelos de ésos zaragozanos que sólo se deshacen con paciencia.
     
    Imagínate la Muralla abulense despintada por la tormenta. Como una acuarela con esponja en lugar de pincel. El ocre de la piedra de sus grandes sillares, envuelto en lágrimas inconsolables que se lleva el río Adaja hacia el castro de Las Cogotas. Después, hasta el centro, hasta el mismo centro de la Moraña. Y ya en Arévalo, se lo devuelve a sus pinares y a sus campos de cereal, como un regalo de Dios para las grullas que volverán en noviembre a nadar en los labajos solitarios de sus praderas.
     
    Pego mi nariz en el cristal y veo cómo caen las gotas en el macetero, regando la menta, los geranios y una gitanilla rosita que este verano renació con la inusitada fuerza del sol. Y como el cristal está frío y yo me estoy poniendo melancólica, me siento en el sofá, me envuelvo en mi mantita de tréboles y... leo. O hago punto de cruz. O simplemente veo la tele con la desgana de un sábado tardío.
     
    ¿Te he dicho que no se ve la luna...? Mi sobri María siempre la está mirando.

    "Bocadillo de lagartijas"

    Nos vimos por primera vez un cuatro de octubre. Los dos temblábamos del frío o del miedo escénico, en una escena improvisada en medio de Madrid. Me mirabas, con ojitos suplicantes, intentando descubrir en mis pupilas algún rescoldo de amor, de sentimiento, de algo... Me mirabas intentando guardar en tu cabeza cada milímetro de mí. Y, al tiempo, yo hacía lo mismo.
     
    Aun así, era como si nos conociéramos de hace un siglo y por eso no me hizo falta descubrir a un niño "con pijama de cuadritos" en mitad de la calle, con una mano en un bolsillo y la otra, portando una bolsa naranja llena de cosas mágicas... Aunque lo mágico lo pude observar a la primera: eras tú. Te habías quitado el disfraz de principito y te mostrabas como un hombre que me dejó mucho más sorprendida de lo que pensaba - y es difícil superar las expectativas después de un encantamiento...-. Yo me aliené en una peli de fantasmas... y perdimos el apetito. Aun así, varita mágica en mano, nos hicimos dos bocadillos: uno estaba vivo y enamorao. El otro, era de lagartijas...