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AMOR SINCERONo sé qué extraño impulso me incita siempre a escribir a estas horas. Tal vez sea el sueño o el velo del cansancio que me acompaña hoy como si fuera un compañero indeseable de fatigas, y nunca mejor dicho.
Hasta el ordenador parece algo cansado, y parpadea sin cesar en sus impulsos hacia el teclado, hacia la línea ADSL e incluso hacia la pantalla, que brilla como ceros y unos interminentes en un sinfín de colores. O no. A lo mejor sólo son mis ojos que ya piden apagarse un rato.
Y yo me he acercado aquí, a esta hora, porque aparte del cansancio necesito expresar el amor que siento. No lo puedo cambiar. Y hay de muchos tipos. A la persona que acompaña mi corazón, doliéndole y sangrándole, y a veces llevándole entre plumas hasta la siguiente daga.
A los padres que son incondicionales a cualquier suceso, que me siguen haciendo sentir protegida incluso en otra casa, mi hogar pendiente de un hilo que huele a sándalo y a canela. El amor de mis hermanos es lo más mágico que tengo. Creo que arrancármelos sería cortarme en pedacitos. A mis tíos...Tití... Juan, a mis abuelos, a mi familia en general... es otro amor que reconforta, y doy gracias a Dios por no tener que soportar muy seriamente las rivalidades que surgen por las dichosas herencias. Ojalá que nunca se aparezcan por este barrio.
Hay tantas clases de amor sincero que no dejo de maravillarme cuando veo a mis amigos y siento por ellos algo tan grande que les abrazaría para siempre. Un abrazo que queda en mis ojos, y no digo simplemente porque con ellos, a través de ellos, se expresa hasta la más nimia voltereta de la vida.
Hay que dejar para el final esos trocitos de la vida de nuestra vida. A falta de hijos -ojalá-, son los sobrinos, con su mirada tierna, su despertar a veces gruñón y a veces dulce, sus dolores que nos desgarran, sus manitas amables y caprichosas. Y cuando son pequeñitos, cuando nos miran balbuceando quizá palabras de agradecimiento o señales de una duda que resolverán con el tiempo, justo en ese momento mi corazón da otro vuelco. Ya no importa nada. Para ellos mis horas, mis sonrisas y, si es necesario, mi vida.
Hay una película que siempre ha causado sensación en mi casa. The princess Bride. La princesa prometida.
Era ese cuento de hadas que todos queremos que se cumpla de alguna manera. Un sueño blanco y luminoso envuelto en sábanas limpias.
Intrigas e intrigantes; juegos de misterio y risas entrelazadas de amistad y complicidad. Era un cuento o un cuentacuentos, qué más da. El caso es que marcó un antes y un después en lo que una generación buscó en el amor. Amor verdadero para nunca más estar solo....
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