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ES ALGO QUE NO SE VE...No hace falta que os diga a muchos de vosotros lo raros que nos podemos llegar a encontrar cuando sentimos dolor. Dolor debido al cansancio muscular, al exceso de trabajo, a un simple pisotón o a una paliza desafortunada detrás de cualquier esquina. Me refiero a esa dolencia física, que a todos nos descoloca en cierta forma porque, en general, no estamos acostumbrados a que nos duelan las cosas.
Imagínate que te has hecho daño en la rodilla, en un dedo o que te duele la cabeza. Generalmente el golpe o el traumatismo produce una sensación que te descuadra, además de dolerte. Lo único que esperas es curarte, que se calme y volver a seguir haciendo cosas dentro de la vida cotidiana.
Pues bien, hay veces y hay personas que tienen ese tipo de dolor de forma casi continua y, lo peor, apenas se calma. Te duele como un cardenal, sin tenerlo. Tienes la espalda y otros músculos tensos, sin hacer un esfuerzo físico exagerado... Existen casos en que la constante vital es el dolor. Un dolor soportable. No mata, os lo aseguro, pero queda ahí, como un poso incombustible con el que hay que vivir.
Cuando el dolor, y perdonad que repita tanto la palabra -pero es como la vida misma- es constante y llegan 'brotes' más agudos, lo único que esperas es que termine sin más, que vuelvas al dolor habitual. Es lo que pasa cuando tienes fibromialgia.
Aunque cada caso es distinto y es penoso de explicar y de entender -a mí me cuesta horrores y eso que lo vivo en mis carnes-, hay que intentar mantenerse firme y que ese dolor no te gane la batalla de la vida. Porque lo que se dice matar, la fibromialgia no mata. Pero mina no sólo la salud física; también la mental.
Es muy difícil entender por qué tengo contracturas por todo el cuerpo, por qué no puedo permitirme la vorágine de mi trabajo, que me apasiona, porque me pasa factura sintiéndome muy mal. Y es a veces incomprensible que pierda la noción de las cosas o que necesite que me escuchen cuando lo paso verdaderamente con dolor.
En otro momento os cuento lo que es el dolor para mí. Ahora sólo os diré que no me pienso quedar de brazos cruzados ni sentada en un rincón, atiborrada de relajantes para no sentir nada. No es mi estilo. Es cierto que a veces, en cierto modo, te puede la situación, pero lo importante es que no se convierta en la tónica general. No estoy en fase terminal, como tampoco lo están el resto de enfermas y enfermos de fibromialgia. Tengo mis limitaciones y, lo único, tengo que aceptarlas. Al fin y al cabo, ¿quién no las tiene...?
Los cánones de una vida sana pasan por una correcta y equilibrada alimentación, ejercicio moderado, paseos, relajación, un trabajo y tiempo para dedicar a tu entorno -casa, familia, amigos, pareja-. En mi caso, esos cánones son exactamente los mismos, pero más extrictos. Yo no me puedo permitir el lujo de renunciar a la tranquilidad, pero tampoco al trabajo para no caer en el ocio que suele ser destructivo. Además, ¡necesito el dinero, no puedo vivir del aire! Tampoco debo olvidarme de mi entorno.
Dentro de poco comenzará 2007, el año de la esperanza -y de las elecciones- y del cambio de vida para mí. Aún no me lo creo del todo porque serán pasos duros de dar. Pero hay que darlos, al fin y al cabo. El cambio, al igual que la fibromialgia, no se verá, pero estará ahí. Será para mejor, sin duda.
Para el próximo año os deseo suerte. Y, por qué no, también espero tenerla yo en adelante. El horizontes es más bonito que el pasado y, quizá, mucho mejor que el presente que tenemos que vivir. Allá vamos...
Isabel PAJARITAS DE PAPELAún sigo haciendo pajaritas de papel con los billetes del autobús. Resulta algo prácticamente automático. Me subo al bus, pago al conductor, éste me da la vuelta de la moneda de cien y un pequeño papel, con letras casi ilegibles y, en ocasiones, mal recortado. Cuando hace mucho frío, me quito cuidadosamente los guantes, y los dejo encima del bolso, para que no se me olviden -la fama que tengo de despistada es algo que ya es muy difícil que desaparezca-. Si es de día, miro el paisaje urbano, como absorta en mi propio mundo. Observo los colores de los árboles del parque de San Antonio, pintando al óleo cada estación que pasa, intentando reflejar cómo da vueltas la misma ciudad, en el mismo sitio, pero en distinto momento... Los coches intentan no sucumbir en las innumerables rotondas de la calzada. Grandes, pequeños, medianos, todos luchan para entrar -o no entrar- los primeros. El bus, dependiendo del conductor, se lanza a la rotonda o, por el contrario, es precavido y cuidadoso, respetando las, a veces anormales, normas de circulación. En mi paseo motorizado hasta el centro de la ciudad voy observando y, al mismo tiempo, haciendo trabajar mis manos sobre el papel menudo del billete. Es un proceso inconsciente, que realizo a la vez que miro los edificios, la gente que pasea por la calle, mientras ofrezco a mi memoria tu recuerdo. A veces me sonrío pensando en tu rostro, en tus palabras y en tus ojos verdes. Apuro cada gesto de mis manos para sucumbir en la imagen de tu espalda. Regulo las irregularidades, hasta crear un cuadrado cuasi perfecto; a continuación, doblo hacia el centro las cuatro puntas del billete, para redoblar de nuevo hacia la cara contraria del papel las nuevas esquinas, creadas por la anterior doblez. Como si no me quedara conforme, decido desdoblar lo doblado, de una forma tan especial que, sin darme cuenta y, entre paisaje y paisaje, vuelvo a realizar una nueva pajarita de papel, pequeña y simpática. Todo tan simple y automático, lo mismo que, al salir del autobús, darte mi creación, como regalo muy preciado, muy especial. En ese momento me miras, algo enfadado, suplicándome que no te vuelva a dar ninguna pajarita. "¿Qué hago, las tiro?", pienso yo, preocupada y confusa. Tanto tiempo participándote de mi emoción artística y ahora descubro que te horroriza mi regalo... Desde entonces, nunca ha vuelto a pasar por tus manos una pajarita de papel elaborada con mis billetes del bus. A pesar de todo, siempre has mirado, celoso, cuando se la ofrecía a otra persona, y la aceptaba con ilusión. La otra tarde llovía. Para evitar las chispas de agua nos dirigimos a tu casa. Me ofreciste un café -cosa extraña, ya que no es bebida de tu gusto- y, en un momento dado, me enseñaste una gran caja, toda repleta de pajaritas de papel. Mientras miraba, absorta, el envoltorio, te disculpaste: "Por favor, no me des más pajaritas, que no sé dónde meterlas...". Isabel Martín (un relato de hace siete años casi...) |
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