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Momentos mágicosEn una ocasión me dijiste que no había personas mágicas, sino momentos mágicos. Quizá tengas razón. Lo de los momentos lo tengo muy claro. Simplemente se recuerdan como algo especial y único, irrepetible.
Yo sueño con vivir esa magia cada día, contigo, al igual que un día llegó a mi vida. Lo podría definir como esa chispa fugaz que llena de luz un rincón de tu vida, te envuelve en una calidez suave y anaranjada y te da un beso en la mejilla. Luego vuelves a la realidad y piensas que todo es maravilloso, aunque siga siendo igual que siempre... El mundo cambia en un segundo y se llena de emoción y de sonrisas tontas.
A veces la magia es el amor. Y otras muchas, las cosas son más fáciles de lo que las hacemos.
En una ocasión te dije que eras mágico. Quizá tenga razón, ¿no? Al calor de la mesa-camillaNos caracterizamos -los humanos y humanoides que habitamos este planeta- por complicarnos la vida continuamente. Es algo común en especies que, como la nuestra, nos las damos de superiores. Mentiría si dijera que sólo nosotros somos capaces de entrar en crisis, porque la propia Madre Naturaleza se encarga de regular las que aparecen y desaparecen, y en ocasiones le cuesta un precio muy alto: el sacrificio de muchas especies. No quiero entrar ahora en quién provoca estas crisis e incluso catástrofes naturales, porque seguramente saldrían los humanos -y humanoides, en su defecto- a relucir, aunque no siempre, no seamos catastrofistas...
A lo que iba. Sigo pensando igual que hace un rato: nos complicamos mucho la vida. Dios creó al hombre y a la mujer y les puso a trabajar enseguida. Dios creó el Universo -así, al menos, lo creo-, y en un rinconcito casi invisible puso a millones de humanos -y humanoides- a dar mucha guerra, y a ocasionarlas. ¿Por qué? Pues porque los hombres y las mujeres tienen voluntad, sentimientos, valores, aspiraciones, pensamientos y razonamientos. Todo ello lo diferencia del resto de los animales y nos hace equivocarnos muchas veces.
Sin embargo, estoy convencida de que hay una vida más sencilla de la que ahora nos planteamos. Dios creó el campo y la ciudad; las grandes urbes y los pequeños feudos fueron la transformación del hombre moderno. Surgieron las bibliotecas, los museos, las compañías eléctricas y los teléfonos móviles. Se creó el centro comercial y los hipermercados, que son como una droga extraña que te invita al consumo compulsivo incluso cuando simplemente quieres llenar, de forma inocente, la cesta de la compra.
Y lo digo a sabiendas de que me meto en camisas de once varas y que redacto lo dicho en un momento sumamente delicado, donde valoramos mucho nuestro trabajo por la cuenta que nos trae -y a nuestras familias-. Sería falso que ahora dijera que se vive mejor en el campo, cuando agricultores y ganaderos se quejan, con razón, de que a su bolsillo sólo entran telarañas y facturas mientras los distribuidores y los intermediarios se llevan una pasta. Eso sí: al menos en el campo tendríamos menos gastos.
Pero voy más allá. Fuera está nevando y se ven los copos deshacerse en el suelo, suavemente. Y se me presenta una estampa divina: a mis abuelitos tranquilamente sentados alrededor de la mesa camilla de su cuarto de estar (en este caso da igual el campo o la ciudad). Mi abuela asegura que no la cambia por nada del mundo y que, aunque tiene un salón bien hermoso, donde se está mejor es en ese cuartito al calor de las faldillas. Imagínate que, además, es la hora de cenar. Mi abuela cocina como los ángeles, aunque sean unos simples huevos fritos. Con una hogaza de pan de pueblo y un poquito de cebollita frita... se te olvidan todos los problemas.
Ni crisis ni leches. Seguro que así mañana voy a trabajar más relajada y con una gran sonrisa. Y si no tengo trabajo... algo encontraré, que estamos en crisis y hay que trabajar de lo que sea. Y a mucha honra. |
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