Isabel's profileIsabel on linePhotosBlogLists Tools Help

Blog


    PEATONALIDADES

    Aquí dejo uno de esos relatos de hace tiempo... ¡Ahh qué recuerdos! 

    Desde que estoy intentando sacarme el carné de conducir, veo las cosas de otra manera. Ya no pienso como si fuera un simple peatón, que amenaza con sus lanzadas piernas al paso de los conductores intrépidos. Ahora intento ser precavida y, en mi cabeza, está una futura conductora, más que una transeúnte. Me pongo en el lugar del volante, intentando averiguar el porqué de las peatonalidades.  

    Camino como si tal cosa por la ciudad. Estoy algo absorta, observando la Muralla abulense y el impresionante espectáculo de sus piedras berroqueñas. Pero no tardo en volver a la realidad. Un potente claxon me avisa que estoy en medio de la calle San Segundo, con el semáforo en verde, cruzando por y cuando no debo. "¡Señora!, grita, ¿Qué quiere?, ¿matarme de un susto?"- realmente está indignado el señor, y tiene una extraña vena palpitándole en la sién... "Lo siento...", respondo tímidamente, terminando de cruzar hasta el otro lado de la calle. La muralla pasa a un segundo plano y oigo mi corazón latir con fuerza. De la impresión. Como un amor exagerado que no te deja pensar. Tendré más cuidado la próxima vez. Seguro.

    Si todas las historias terminaran bien... Si en todas partes hubiera buenos buenísimos y malos malísimos que siempre acaban derrotados, desterrados, deprimidos o reconvertidos... sería todo más fácil. Era lo que pensaba yo después de salir del cine aquel día terrible. Era una peli compleja, en al que ni los buenos eran unos santitos ni los malos eran la marabunta. Era de seres humanos a los que las cosas les va de distinta manera, y les toca una vida, como la suerte. Y ¿quién no ha tenido un mal día alguna vez? Sin ir más lejos, el viento no había soplado muy a mi favor ese día que, además de otras historias, me había examinado de conducir.  

    Todos tenemos nuestros días y nuestras cosas. Se suelen juntar, imprevisibles, para darte un susto de campeonato. O, como en esta ocasión, para chocarse, toditas ellas, contra el capó del coche de la autoescuela.  

    Las piernas me habían empezado a temblar bastantes horas antes del examen. Pese a las tilas y valerianas que me acompañaban, insufribles, en la agonía del que llevan a colgar, no conseguí aplacar mis nervios. De las piernas llegaron hasta los brazos, y hasta las manos, y hasta los ojos, que miraban, miraban y miraban... y no veían nada. "Si no puedes con tu enemigo, únete a él", pensé, mientras me saltaba un enorme, ancho y rayado paso de peatones -que, por supuesto, no vi-. Fue el principio del fin. "A la derecha, señorita", dijo el examinador mientras, con todo su asombro, me iba hacia el centro de la calzada, atravesando una estrepitosa raya continua. "Aparque en esta calle, donde pueda, señorita". El intermitente bailaba de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, en aras de mi indecisión. En silencio, pensaba dónde estaría aquella tarde infantil en la que Coco aclaraba sus diferencias políticas con el Monstruo de las Galletas.  

    Mientras buscaba un sitio decente, es decir, grandecito, para dejar el imponente carro que intentaba manejar, un peatón inconsciente, de esos a los que ya no entiendo, cruzó ¡delante de mí!, a tres metros de un paso de cebra. "¡Dita sea!, y ¡qué hago ahora?", musité, mientras daba un frenazo monumental y observaba la cara de espanto de mi profesor de autoescuela, que abrió la ventana y sugirió al imprudente todo lo que él y su familia podían ser. A estas alturas, mis piernas habían desaparecido. Y, con ellas, las posibilidades de arrancar el enorme coche que conducía. "¡Mierda!, (perdón)" -reaccioné. En ese momento, me percaté de que, al dar el frenazo, no había cambiado la velocidad, y mis intentos de arrancar en segunda resultaban totalmente infructuosos. Al darme cuenta, metí primera. Recorrí tres metros, justo hasta el paso de peatones... ¿los perros son peatones? Pues estaba pasando uno. Uno de esos pequeñajos que ni pinchan ni cortan. Justo por el mismo centro de la cebra, como si nada. Como si durante toda su vida hubiera estado estudiando educación vial. Miró a ambos lados de la calzada, y se aventuró, pausado y algo altivo, hacia la otra acera. El examinador se reía por lo bajini, y mi profesor, desquiciado.  

    "Mientras no llueva...", pensé, demasiado tarde, porque el cielo estaba a punto de reventar, ante el estupor de cinco individuos que cruzaron precipitadamente la calle por donde les vino en gana. Y yo, clavada, con cara de circunstancia, mientras un millón de coches pitaban a mis espaldas. Intenté tranquilizarme, mientras accionaba el parabrisas -demasiado rápido- y arrancaba, ya en primera, para no entorpecer aún más el congestionado tráfico.  

    Al salir del coche, aguanté los dos chaparrones que me cayeron. Uno, del profesor y, el otro, de la naturaleza, ésta última no por ser ni peor ni mejor, sino influida por un afán de fastidio que ya venía implícito en el día.  

    Y es que, al salir de ver la película, el mismo día del gran fracaso motorizado, comprendí que la vida está llena de zancadillas del destino, que se sitúan una frente a otra para no dejarte pasar algunos días, mientras que, en otros, desaparecen las trabas y sale el sol, aventurero y tranquilo.  

    Las tres veces que suspendí el examen práctico de conducir, me tragué algún semáforo de caramelo rojo, golpeé suavemente, como sin quererlo, un contenedor de plástico -material que agradeció mi profesor autoescuelista, que "no había terminado de pagar el coche" (Y mi salud, ¿qué?)-. Me subí a un par de bordillos, evidentemente mal situados, y utilicé el espejo retrovisor para comprobar que no tenía ojeras. Eso sí, respeté el resto de las señales de circulación y saludé a todos los conocidos que cruzaron por las cebras, y parecían saltar por la gran sabana africana, entre lluvias, coches y coches.  

    Mañana me examino de nuevo. Esta vez, para aprobar. Tengo los nervios en el bolsillo y un kilo de buena suerte de reserva en la mochila. Desconectaré el móvil, para evitar imprevistos, y procuraré no volver a olvidar el carné de identidad.  

    Y esta tarde saldré a pasear por la ciudad, a vivir mis pasos antes de que se extingan sobre el embrague y el acelerador. Todo lo que asimile sobre las múltiples peatonalidades, lo guardaré como oro en paño, para no perder el sonido de mis pasos tras el motor del coche.  

    "¡Está usted aprobada, señorita!"  

    Llueve. El territorio marcado anteriormente por mi paraguas se ha transformado en un cómodo espacio de turismo con limpiaparabrisas. ¡Al centro! Al centro vamos, cuando consiga arrancar. ¡Ah, la primera...!