| Isabel's profileIsabel on linePhotosBlogLists | Help |
La casa de la puesta de solDicen que no hay dos amaneceres iguales y que es un momento especial y bello del día. Últimamente espero el amanecer con los ojos cerrados o bien con las ventanas bajadas y me pierdo una y otra vez la salida del sol, que surge entre edificios que envuelven mi actual casa. En definitiva, no le presto demasiada atención.
Quizá es que soy más de disfrutar la tarde, de sus colores, aunque me deja extasiada mi Muralla abulense cuando, como un reloj solar, baja la guardia de la sombra de sus almenas suavemente, deslizándola por sus piedras milenarias hasta fundirse con la hierba. Así pasan las horas en Ávila. Las tardes tienen su reflejo en los colores de las espadañas, en el vuelo de las cigüeñas regresando a los nidos de la catedral, en el alboroto de los 'aviones' entre los muros pétreos, haciendo círculos y más círculos como queriendo siempre volver a casa... pero sin saber dónde está...
Los paseos vespertinos junto al río Adaja, oyendo en la radio a Félix Madero en 'De costa a Costa', alejándome del estrés diario, ya no serán igual a partir de ahora. Cambio de casa y cambio de río. A partir de ahora caminaré por la tarde por el paseo del río Chico, bajo el puente de la Sanguijuela, intentando descubrir otros rincones bellos a las afueras, eso sí, de mi ciudad. No cambiaré la radio y le sumaré la música variada de mi iPod, y la puesta de sol la contemplaré más profundamente.
Y es que mi nueva casa tiene una peculiaridad. El Principito estaría encantado de ver una y otra vez el atardecer pintado de acuarelas que se observa desde todas las ventanas de mi hogar. Anaranjadas, violetas, blancas y amarillas, las trazas de este dibujo único y natural parecen interminablemente bellas si se contemplan desde un salón color naranja-limón. Las nubes arreboladas parecen decirme que me acostumbraré a vivir aquí, que tengo lo que necesito. Incluido el paisaje.
Dicen que no hay dos puestas de sol iguales y que el lugar más hermoso es contemplarlas con el mar de fondo o en la cumbre de una montaña. Quizá sea cierto, pero yo soy tremendamente feliz viendo ocultarse al gran astro bajo la certeza granítica de la Sierra de Ávila y, más allá, la Serrota. Al menos hasta que construyan al otro lado de la calle... Flores blancas, blanca primaveraUn estornudo es prueba inequívoca de que llega la primavera. Suele aparecer despistada, entre vientos, nubes y abejas, y poco a poco se va asentando en nuestras vidas. El campo revive sus colores verdes, seña de que alguien siembra sus cereales de forma invisible y dura. Los árboles se llenan de hojas de un esmeralda intenso y los frutales, en particular, se tiñen el pelo dispuestos a polinizarse. En varios puntos de España, el paisaje se vuelve de color nieve, inmaculado e indescriptiblemente bello. Es lo que llamo 'color blanco cerezo', ya que son nubes de algodón lo que parecen, en el horizonte de algunos valles. Uno de los más famosos es el Jerte, que celebró hace unas semanas su Fiesta de la Cereza, coincidiendo con el puente del día del Padre. Miles de personas inundaron el campo blanco desvirtuando, en cierta forma, la tranquilidad del campo, del pueblo, del aire puro. Aun así fue un verdadero placer para los sentidos. Y es que un mar de cerezos arranca miles de sonrisas, de forma que la sensación de bienestar se multiplica por x. Todos los años "bajo" al Valle del Jerte por el Puerto de Tornavacas, divisando las distintas estampas de otras tantas alturas. Mi preferida, además de la panorámica de lo alto del puerto, es el río a su paso por Cabezuela del Valle. También las gargantas que se cruzan a lo largo de la carretera (Soria-Plasencia). Te puedes quedar dormido en alguna de las piedras cercanas al agua, relajarte con su sonido cristalino y revivir un amor. ¡A pesar de estar rodeado de turistas! Este año ha sido algo distinto. He descubierto la otra cara del valle; en este caso, el Valle de la Vera. Primero, atravesando Candeleda y descubriendo los cerezos de El Raso -anejo candeledano-. Más adelante, a partir de Cuacos de Yuste y hasta pasado Pasarón de la Vera, de nuevo un mar de frutales florecidos junto a la carretera. En un valle más angosto, donde se pierde la perspectiva del paisaje, la referencia se cubre con los árboles que se tocan casi desde el coche. Autoturismo, turismo de carretera: lo tenemos de forma inmediata y genera una sensación de bienestar inmensa, pletórica. Hay algo mucho mejor: la compañía. Y bajarse del automóvil y recorrer los caminos; hablar con las gentes del lugar; conocer, de esta forma, las costumbres de un pueblo. Y es que ya lo decía Antonio Machado, que nada decía ni de carros, ni coches, ni trenes ni autobuses: se hace camino al andar. |
|
|