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¿Somos lo que comemos o nos quema lo que comemos?Los productos químicos nos pasan factura. No hace falta un cataclismo tipo Chernobyl para ver cómo, en muchas ocasiones, los alimentos de siempre ya no son los de siempre, sino otros bien distintos, embutidos en espesantes, anticongelantes, estabilizantes, emulgentes... yo qué sé... Simplemente, y hablando de embutidos (o algo parecido), te invito a que leas de lo que está compuesto un producto que nos dan desde niños: el jamón de York. Jamón cocido, sí, pero ¿qué más?
La moda de los alimentos ecológicos tiene su por qué. Es una necesidad creada, pero es una especie de retorno a tiempos pasados, en los que no se conocía el E-170 o el E-225... por decir alguno de esos famosos y desconocidos números que aparecen en el apartado "INGREDIENTES" de cada cosa que nos metemos entre pecho y espalda.
Estamos en la fase del regreso al pueblo, a lo sano, a la naturaleza... o lo que queda de ella. Me gustan los tomates de huerta, regados y cuidados naturalmente, o las lechugas que no son "iceberg" y parecen prefabricadas. Me gustaría comer pollo de corral, que comiera cosas normales de 'pollo', cruzara la carretera de la úinca calle del pueblo y tuviera músculos sanos... Son ejemplos, sí. La realidad es que esos tomates, pepinos, lechugas, pollo... "ecológicos" o "biológicos" cuestan más del doble que los que no lo son.
Parece que la salud nos cuesta dinero. Hay que pagar un precio, y ése es el "agosto" hortelano de algunos. Lo contrario, eso sí, es rellenarnos de alimentos artificiales y sufrir las consecuencias... Ya hay muchas enfermedades que llevan a sus espaldas la intolerancia a esos productos químicos de lo que comemos, de lo que nos perfuma, de lo que vestimos. El siguiente paso será... ¿resistir? o ¿morir? o ¿sobrevivir? La ley del más fuerte está servida en plato frío. Y tras el cristal... desiertoLa verdad es que impresiona. Si te paras a pensar de dónde sale cada matiz cromático de los montes volcánicos de Timanfaya, en Lanzarote, la cabeza empeiza a dar mil vueltas y terminas... absorta. Es la segunda vez que viajo a esta pequeña isla canaria. La vida tras el fuego. Tras el cristal del autobús, que vocea la historia isleña, el desierto de cenizas. El calor moderado entre la lava seca.
Las flores vadeando calles, pintando de colores el verano. Rojo, blanco, naranja y amarillo. Intenso. Los cactus forman jardines inusitados. Las palmeras, fértiles de dátiles dulces, dan sombra al paseante. Mientras, el volcán no duerme. Es más: facilita la tarea de brasear pollos y sardinitas (de verdad). Y es que no sólo es el parque Nacional de Timanfaya lo que impresiona. La tranquilidad de las gentes en Playa Blanca (cerca de Yaiza y enfrente de Fuerteventura).
En mi camino encontré playas blancas y doradas, multitud de peces de colores, erizos de mar, piedras negras y restos volcánicos en cualquier lugar. Y entre paseo y baño, el momento de la compra, lidiar con los indios que se "pegan" por llevarse el gato al agua. El inglés y el alemán, los más valiosos. Los que más pagan. Al españolito le pinchan con precios ridículos porque estamos en crisis y, a lo mejor, cuela. Y coló. Fueron buenas compras y aprendí muchas cosas... Sobre todo a tener paciencia.
El último recuerdo: el mar dorado, el sonido dulce del agua salada rebotando suavemente en mis oídos. Y tu ausencia.
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