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日志


¿Somos lo que comemos o nos quema lo que comemos?

Los productos químicos nos pasan factura. No hace falta un cataclismo tipo Chernobyl para ver cómo, en muchas ocasiones, los alimentos de siempre ya no son los de siempre, sino otros bien distintos, embutidos en espesantes, anticongelantes, estabilizantes, emulgentes... yo qué sé... Simplemente, y hablando de embutidos (o algo parecido), te invito a que leas de lo que está compuesto un producto que nos dan desde niños: el jamón de York. Jamón cocido, sí, pero ¿qué más?
 
La moda de los alimentos ecológicos tiene su por qué. Es una necesidad creada, pero es una especie de retorno a tiempos pasados, en los que no se conocía el E-170 o el E-225... por decir alguno de esos famosos y desconocidos números que aparecen en el apartado "INGREDIENTES" de cada cosa que nos metemos entre pecho y espalda.
 
Estamos en la fase del regreso al pueblo, a lo sano, a la naturaleza... o lo que queda de ella. Me gustan los tomates de huerta, regados y cuidados naturalmente, o las lechugas que no son "iceberg" y parecen prefabricadas. Me gustaría comer pollo de corral, que comiera cosas normales de 'pollo', cruzara la carretera de la úinca calle del pueblo y tuviera músculos sanos... Son ejemplos, sí. La realidad es que esos tomates, pepinos, lechugas, pollo... "ecológicos" o "biológicos" cuestan más del doble que los que no lo son.
 
Parece que la salud nos cuesta dinero. Hay que pagar un precio, y ése es el "agosto" hortelano de algunos. Lo contrario, eso sí, es rellenarnos de alimentos artificiales y sufrir las consecuencias... Ya hay muchas enfermedades que llevan a sus espaldas la intolerancia a esos productos químicos de lo que comemos, de lo que nos perfuma, de lo que vestimos. El siguiente paso será... ¿resistir? o ¿morir? o ¿sobrevivir? La ley del más fuerte está servida en plato frío.

ES ALGO QUE NO SE VE...

No hace falta que os diga a muchos de vosotros lo raros que nos podemos llegar a encontrar cuando sentimos dolor. Dolor debido al cansancio muscular, al exceso de trabajo, a un simple pisotón o a una paliza desafortunada detrás de cualquier esquina. Me refiero a esa dolencia física, que a todos nos descoloca en cierta forma porque, en general, no estamos acostumbrados a que nos duelan las cosas.
 
Imagínate que te has hecho daño en la rodilla, en un dedo o que te duele la cabeza. Generalmente el golpe o el traumatismo produce una sensación que te descuadra, además de dolerte. Lo único que esperas es curarte, que se calme y volver a seguir haciendo cosas dentro de la vida cotidiana.
 
Pues bien, hay veces y hay personas que tienen ese tipo de dolor de forma casi continua y, lo peor, apenas se calma. Te duele como un cardenal, sin tenerlo. Tienes la espalda y otros músculos tensos, sin hacer un esfuerzo físico exagerado... Existen casos en que la constante vital es el dolor. Un dolor soportable. No mata, os lo aseguro, pero queda ahí, como un poso incombustible con el que hay que vivir.  
 
Cuando el dolor, y perdonad que repita tanto la palabra -pero es como la vida misma- es constante y llegan 'brotes' más agudos, lo único que esperas es que termine sin más, que vuelvas al dolor habitual. Es lo que pasa cuando tienes fibromialgia.
 
Aunque cada caso es distinto y es penoso de explicar y de entender -a mí me cuesta horrores y eso que lo vivo en mis carnes-, hay que intentar mantenerse firme y que ese dolor no te gane la batalla de la vida. Porque lo que se dice matar, la fibromialgia no mata. Pero mina no sólo la salud física; también la mental.
 
Es muy difícil entender por qué tengo contracturas por todo el cuerpo, por qué no puedo permitirme la vorágine de mi trabajo, que me apasiona, porque me pasa factura sintiéndome muy mal. Y es a veces incomprensible que pierda la noción de las cosas o que necesite que me escuchen cuando lo paso verdaderamente con dolor.
 
En otro momento os cuento lo que es el dolor para mí. Ahora sólo os diré que no me pienso quedar de brazos cruzados ni sentada en un rincón, atiborrada de relajantes para no sentir nada. No es mi estilo. Es cierto que a veces, en cierto modo, te puede la situación, pero lo importante es que no se convierta en la tónica general. No estoy en fase terminal, como tampoco lo están el resto de enfermas y enfermos de fibromialgia. Tengo mis limitaciones y, lo único, tengo que aceptarlas. Al fin y al cabo, ¿quién no las tiene...?
 
Los cánones de una vida sana pasan por una correcta y equilibrada alimentación, ejercicio moderado, paseos, relajación, un trabajo y tiempo para dedicar a tu entorno -casa, familia, amigos, pareja-. En mi caso, esos cánones son exactamente los mismos, pero más extrictos. Yo no me puedo permitir el lujo de renunciar a la tranquilidad, pero tampoco al trabajo para no caer en el ocio que suele ser destructivo. Además, ¡necesito el dinero, no puedo vivir del aire! Tampoco debo olvidarme de mi entorno.
  
Dentro de poco comenzará 2007, el año de la esperanza -y de las elecciones- y del cambio de vida para mí. Aún no me lo creo del todo porque serán pasos duros de dar. Pero hay que darlos, al fin y al cabo. El cambio, al igual que la fibromialgia, no se verá, pero estará ahí. Será para mejor, sin duda.
 
Para el próximo año os deseo suerte. Y, por qué no, también espero tenerla yo en adelante. El horizontes es más bonito que el pasado y, quizá, mucho mejor que el presente que tenemos que vivir. Allá vamos... 
 
Isabel