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La ratita presumidaHabía una vez una ratita que estaba barriendo la puerta de su casita. Barría y barría con mucha dedicación cuando, al mirar al suelo, se encontró un reluciente boleto de la Primitiva. Era de la fecha de ese mismo día y, corriendo, fue a comprobar si estaba premiado. ¡En efecto! ¡Qué suerte había tenido! No era muy cuantiosa la cifra pero, pensó, le serviría para darse un capricho. Al fin y al cabo, después de toda la semana trabajando sin parar, consideraba que se lo había ganado. La ratita pensó y pensó hasta que decidió comprarse un bonito vestido de fiesta. Era de un color granate intenso, como un vino joven, con dos tirantitos y algo de vuelo. La tela tenía una caída preciosa y a la ratita le sentaba de maravilla. Se miró al espejo y dijo: "Hoy es sábado. Me iré a bailar con mi vestido nuevo". Salió de casa y se fue con sus amigas a charlar y a bailar en una discoteca de la ciudad. Sus amigas miraban de reojo, y con algo de pelusilla, el vestido nuevo de la ratita. Mientras daba vueltas en la pista, muchos animalitos se fijaron en ella. Y cómo no hacerlo: estaba deslumbrante. Así, uno a uno se fueron acercando a la ratita. "Ratita, ratita, ¿quieres bailar conmigo?" Y la respuesta, casi siempre la misma: "¿Y mañana ¿me invitarás a un café...?". Al primero se le desataron los cordones de las botas y no volvió. Al otro le entraron ganas de ir al baño, y no regresó. Otro se dio la vuelta y pensó que la de enfrente sería más fácil de conquistar y haría menos preguntas. El siguiente se fue a comprar tabaco y otros, que iban en grupo, se dirigieron a sus sonrientes amigas. "Vaya", se dijo la ratita. "Menos mal que no les he preguntado si tenían novia...". La ratita se fue, contoneando su vestido nuevo, hasta la barra de la disco. Se pidió un ron con limón "poco cargadito". El camarero la sonrió y preguntó: "¿Cómo es que estás sola?" Y ella dijo: "Me cansé de bailar". El barman se había percatado del ir y venir de hombres a su alrededor; algo que le había sorprendido, pero no preguntó nada más. Charlaron, eso sí, de lo divino y lo humano, entre idas y venidas de aquel y algunos bailoteos de la preciosa ratita. Al cabo de un rato, el camarero se acercó a ella, fuera de la barra: "¿Quedamos mañana a tomar un café?". Fue el principio de una bonita amistad. Y de algo más.
Misterio en la oficinaSeguro que tú, como cualquier otra persona que haya utilizado material de oficina, te preguntas dónde van a parar los cientos, miles, millones de bolígrafos que utilizamos a lo largo de nuestra vida. Espera. Piénsalo un momento. Reflexiona sobre lo que te digo... VADEMÉCUMLa soledad es un virus que ataca directamente a las defensas. Ese conjunto de situaciones que te hacen disfrutar de la vida, aun en los momentos amargos. Pero ese pequeño germen que es la soledad recuerda al agua en las zonas húmedas, que te cala hasta los tuétanos, sin apenas poder evitarlo. Y cuando esta situación alcanza el límite de correspondencia de niveles, evocando a Arquímedes, se desborda por los ojos y se mezcla con el humor salado que contiene.
Este pequeño virus tiene otros efectos en el corazón. La soledad provoca un movimiento extraño, que se corresponde con un pensamiento determinado. El corazón se mueve, de arriba abajo, de izquierda a derecha, provocando una sensación de leves espinas que se clavan más o menos... según sople el viento. La soledad incita al estremecimiento, cuando esas leves espinitas se mueven en el interior. Y, en un segundo, crece de nuevo el nivel de agua y vuelve a desbordarse, nublando más la mirada de quien antes apenas veía.
No existe un remedio médico para este mal. Muchos investigadores han intentado aislar el virus, pero se hace más y más fuerte cuanto más sólo se encuentra.
Desde hace cincuenta años, un famoso investigador noruego estudia los remedios que algunas plantas ofrecen contra la soledad. Al menos, para curar sus efectos. De los que llevan ya dos décadas utilizándose, éstos que cito a continuación son los más conocidos.
Hay quien utiliza la verbena para crear "incentivos", es decir, refuerzos añadidos que regulan la pérdida de defensas. La verbena se va extendiendo por el organismo, pero tiene un grave efecto secundario: el corazón se acelera demasiado para, en un momento, volver a calmarse. Y se pasa de un desasosiego preocupante a una mayor tristeza.
Otro remedio es la albahaca, que produce una inmensa sonrisa al inhalarse. Pero actúa simplemente como un calmante periférico, que no ahonda en el sistema solitario central. A modo de droga, pone una venda en los ojos para que no caigan lágrimas. El problema surge cuando llega un momento en que los apósitos no pueden parar el agua y, al quitarlos, sale a borbotones, impura y especialmente cargada de sal, lo que provoca que los ojos escuezan más de lo debido, y enrojezcan la mirada.
Existen más remedios, como la sopa de rosas. Aunque su sabor es amargo, pese a su agradable aroma, el preparado debe ingerirse lentamente, y provoca una somnolencia agradable que llaman amor. Se debe tomar a pequeñas dosis, pero continuadas. Esta embriaguez, cuando se termina, no evita sentir de nuevo soledad. Entonces, su virus se hace fuerte, y cuesta aún más trabajo eliminarla.
Está comprobado que la esencia de geranio es, con diferencia, la más eficaz. Su origen es una planta muy fácil de encontrar; en todos los balcones de las casas alegres. Su sabor, al contrario que las rosas, es dulce, a pesar de su aroma ácimo. La ingesta, diluida en agua, genera un especial apego a las personas cercanas, lo cual suele coincidir con familia y amigos. Vulgarmente, denominan a sus efectos "amor fraternal", e incluye un potenciamiento de la amistad. Se aconseja que las dosis las tomen unos y otros, y que se sonría dulcemente mientras se comparten penas y alegrías.
Por cierto, que la flor de la alegría, al arrancar sus delicados pétalos, acentúa aún más el efecto del geranio. Las reacciones secundarias más habituales provienen de tomas excesivas de estas hierbas curativas, y la posibilidad de producir una fuerte dependencia.
No existe, pues, cura definitiva. Sólo tratamientos prolongados, ideas peregrinas y conversación interesante, a manos llenas.
Como apoyos a cualquiera de estos tratamientos, este experto investigador noruego asegura que el sol disminuye el riesgo de propagación, y que una carcajada a tiempo puede resultar muy beneficiosa contra los efectos producidos por el fatal virus.
Suerte, pues, para los que se aventuren a comprobar la eficacia de estos -espero que útiles- consejos.
Extrañamente afectada, ...Isabel... PEATONALIDADESAquí dejo uno de esos relatos de hace tiempo... ¡Ahh qué recuerdos!
Desde que estoy intentando sacarme el carné de conducir, veo las cosas de otra manera. Ya no pienso como si fuera un simple peatón, que amenaza con sus lanzadas piernas al paso de los conductores intrépidos. Ahora intento ser precavida y, en mi cabeza, está una futura conductora, más que una transeúnte. Me pongo en el lugar del volante, intentando averiguar el porqué de las peatonalidades. Camino como si tal cosa por la ciudad. Estoy algo absorta, observando la Muralla abulense y el impresionante espectáculo de sus piedras berroqueñas. Pero no tardo en volver a la realidad. Un potente claxon me avisa que estoy en medio de la calle San Segundo, con el semáforo en verde, cruzando por y cuando no debo. "¡Señora!, grita, ¿Qué quiere?, ¿matarme de un susto?"- realmente está indignado el señor, y tiene una extraña vena palpitándole en la sién... "Lo siento...", respondo tímidamente, terminando de cruzar hasta el otro lado de la calle. La muralla pasa a un segundo plano y oigo mi corazón latir con fuerza. De la impresión. Como un amor exagerado que no te deja pensar. Tendré más cuidado la próxima vez. Seguro. Si todas las historias terminaran bien... Si en todas partes hubiera buenos buenísimos y malos malísimos que siempre acaban derrotados, desterrados, deprimidos o reconvertidos... sería todo más fácil. Era lo que pensaba yo después de salir del cine aquel día terrible. Era una peli compleja, en al que ni los buenos eran unos santitos ni los malos eran la marabunta. Era de seres humanos a los que las cosas les va de distinta manera, y les toca una vida, como la suerte. Y ¿quién no ha tenido un mal día alguna vez? Sin ir más lejos, el viento no había soplado muy a mi favor ese día que, además de otras historias, me había examinado de conducir. Todos tenemos nuestros días y nuestras cosas. Se suelen juntar, imprevisibles, para darte un susto de campeonato. O, como en esta ocasión, para chocarse, toditas ellas, contra el capó del coche de la autoescuela. Las piernas me habían empezado a temblar bastantes horas antes del examen. Pese a las tilas y valerianas que me acompañaban, insufribles, en la agonía del que llevan a colgar, no conseguí aplacar mis nervios. De las piernas llegaron hasta los brazos, y hasta las manos, y hasta los ojos, que miraban, miraban y miraban... y no veían nada. "Si no puedes con tu enemigo, únete a él", pensé, mientras me saltaba un enorme, ancho y rayado paso de peatones -que, por supuesto, no vi-. Fue el principio del fin. "A la derecha, señorita", dijo el examinador mientras, con todo su asombro, me iba hacia el centro de la calzada, atravesando una estrepitosa raya continua. "Aparque en esta calle, donde pueda, señorita". El intermitente bailaba de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, en aras de mi indecisión. En silencio, pensaba dónde estaría aquella tarde infantil en la que Coco aclaraba sus diferencias políticas con el Monstruo de las Galletas. Mientras buscaba un sitio decente, es decir, grandecito, para dejar el imponente carro que intentaba manejar, un peatón inconsciente, de esos a los que ya no entiendo, cruzó ¡delante de mí!, a tres metros de un paso de cebra. "¡Dita sea!, y ¡qué hago ahora?", musité, mientras daba un frenazo monumental y observaba la cara de espanto de mi profesor de autoescuela, que abrió la ventana y sugirió al imprudente todo lo que él y su familia podían ser. A estas alturas, mis piernas habían desaparecido. Y, con ellas, las posibilidades de arrancar el enorme coche que conducía. "¡Mierda!, (perdón)" -reaccioné. En ese momento, me percaté de que, al dar el frenazo, no había cambiado la velocidad, y mis intentos de arrancar en segunda resultaban totalmente infructuosos. Al darme cuenta, metí primera. Recorrí tres metros, justo hasta el paso de peatones... ¿los perros son peatones? Pues estaba pasando uno. Uno de esos pequeñajos que ni pinchan ni cortan. Justo por el mismo centro de la cebra, como si nada. Como si durante toda su vida hubiera estado estudiando educación vial. Miró a ambos lados de la calzada, y se aventuró, pausado y algo altivo, hacia la otra acera. El examinador se reía por lo bajini, y mi profesor, desquiciado. "Mientras no llueva...", pensé, demasiado tarde, porque el cielo estaba a punto de reventar, ante el estupor de cinco individuos que cruzaron precipitadamente la calle por donde les vino en gana. Y yo, clavada, con cara de circunstancia, mientras un millón de coches pitaban a mis espaldas. Intenté tranquilizarme, mientras accionaba el parabrisas -demasiado rápido- y arrancaba, ya en primera, para no entorpecer aún más el congestionado tráfico. Al salir del coche, aguanté los dos chaparrones que me cayeron. Uno, del profesor y, el otro, de la naturaleza, ésta última no por ser ni peor ni mejor, sino influida por un afán de fastidio que ya venía implícito en el día. Y es que, al salir de ver la película, el mismo día del gran fracaso motorizado, comprendí que la vida está llena de zancadillas del destino, que se sitúan una frente a otra para no dejarte pasar algunos días, mientras que, en otros, desaparecen las trabas y sale el sol, aventurero y tranquilo. Las tres veces que suspendí el examen práctico de conducir, me tragué algún semáforo de caramelo rojo, golpeé suavemente, como sin quererlo, un contenedor de plástico -material que agradeció mi profesor autoescuelista, que "no había terminado de pagar el coche" (Y mi salud, ¿qué?)-. Me subí a un par de bordillos, evidentemente mal situados, y utilicé el espejo retrovisor para comprobar que no tenía ojeras. Eso sí, respeté el resto de las señales de circulación y saludé a todos los conocidos que cruzaron por las cebras, y parecían saltar por la gran sabana africana, entre lluvias, coches y coches. Mañana me examino de nuevo. Esta vez, para aprobar. Tengo los nervios en el bolsillo y un kilo de buena suerte de reserva en la mochila. Desconectaré el móvil, para evitar imprevistos, y procuraré no volver a olvidar el carné de identidad. Y esta tarde saldré a pasear por la ciudad, a vivir mis pasos antes de que se extingan sobre el embrague y el acelerador. Todo lo que asimile sobre las múltiples peatonalidades, lo guardaré como oro en paño, para no perder el sonido de mis pasos tras el motor del coche. "¡Está usted aprobada, señorita!" Llueve. El territorio marcado anteriormente por mi paraguas se ha transformado en un cómodo espacio de turismo con limpiaparabrisas. ¡Al centro! Al centro vamos, cuando consiga arrancar. ¡Ah, la primera...! PAJARITAS DE PAPELAún sigo haciendo pajaritas de papel con los billetes del autobús. Resulta algo prácticamente automático. Me subo al bus, pago al conductor, éste me da la vuelta de la moneda de cien y un pequeño papel, con letras casi ilegibles y, en ocasiones, mal recortado. Cuando hace mucho frío, me quito cuidadosamente los guantes, y los dejo encima del bolso, para que no se me olviden -la fama que tengo de despistada es algo que ya es muy difícil que desaparezca-. Si es de día, miro el paisaje urbano, como absorta en mi propio mundo. Observo los colores de los árboles del parque de San Antonio, pintando al óleo cada estación que pasa, intentando reflejar cómo da vueltas la misma ciudad, en el mismo sitio, pero en distinto momento... Los coches intentan no sucumbir en las innumerables rotondas de la calzada. Grandes, pequeños, medianos, todos luchan para entrar -o no entrar- los primeros. El bus, dependiendo del conductor, se lanza a la rotonda o, por el contrario, es precavido y cuidadoso, respetando las, a veces anormales, normas de circulación. En mi paseo motorizado hasta el centro de la ciudad voy observando y, al mismo tiempo, haciendo trabajar mis manos sobre el papel menudo del billete. Es un proceso inconsciente, que realizo a la vez que miro los edificios, la gente que pasea por la calle, mientras ofrezco a mi memoria tu recuerdo. A veces me sonrío pensando en tu rostro, en tus palabras y en tus ojos verdes. Apuro cada gesto de mis manos para sucumbir en la imagen de tu espalda. Regulo las irregularidades, hasta crear un cuadrado cuasi perfecto; a continuación, doblo hacia el centro las cuatro puntas del billete, para redoblar de nuevo hacia la cara contraria del papel las nuevas esquinas, creadas por la anterior doblez. Como si no me quedara conforme, decido desdoblar lo doblado, de una forma tan especial que, sin darme cuenta y, entre paisaje y paisaje, vuelvo a realizar una nueva pajarita de papel, pequeña y simpática. Todo tan simple y automático, lo mismo que, al salir del autobús, darte mi creación, como regalo muy preciado, muy especial. En ese momento me miras, algo enfadado, suplicándome que no te vuelva a dar ninguna pajarita. "¿Qué hago, las tiro?", pienso yo, preocupada y confusa. Tanto tiempo participándote de mi emoción artística y ahora descubro que te horroriza mi regalo... Desde entonces, nunca ha vuelto a pasar por tus manos una pajarita de papel elaborada con mis billetes del bus. A pesar de todo, siempre has mirado, celoso, cuando se la ofrecía a otra persona, y la aceptaba con ilusión. La otra tarde llovía. Para evitar las chispas de agua nos dirigimos a tu casa. Me ofreciste un café -cosa extraña, ya que no es bebida de tu gusto- y, en un momento dado, me enseñaste una gran caja, toda repleta de pajaritas de papel. Mientras miraba, absorta, el envoltorio, te disculpaste: "Por favor, no me des más pajaritas, que no sé dónde meterlas...". Isabel Martín (un relato de hace siete años casi...) |
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