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Viejos tiemposPues sí, hace tiempo que no escribo en este trozo de papel electrónico en el que la única tinta que se gasta es la de alguna lágrima teñida de rimmel. Aunque no es el caso. Estaba recordando viejos tiempos. Aquéllos en los que habitualmente publicaba mis impresiones y sentimientos, alguna gracieta y anécdotas de mentirijilla, de ésas que arrancan sonrisas y hacen que te muerdas el labio, pensativ@. Aquí, como retales o restos arqueológicos, se conservan, un poquito más abajo. Qué tiempos. Recuerdo que siempre he guardado la ropa; he de reconocer que he sido bastante desconfiada en este extraño mundo internauta en lo que muchos no son lo que aparentan, mientras que otros son el vivo reflejo de lo que se ve y lo que cuentan en sus largas cartas y correos; y esto último se agradece -me refiero a los largos correos y a la sinceridad-. Y ahora, ¿qué? Pues ya que has entrado aquí, te lo cuento: ahora he caído en las garras suaves del amor. Es tan bonito que a veces me asusta y otras me desconcierta, aunque casi siempre estoy como en una nube en un parque de atracciones. Después de un año, quizá no sea tan romántico como al principio, aunque me sigue emocionando que quiera verme cada fin de semana, a pesar del esfuerzo que supone viajar cada viernes para regresar, de nuevo, el domingo a su casa. Qué tiempos. Aún guardo en mi memoria aquella visita tan hermosa y nocturna siguiendo el hilo de la muralla abulense, como si cada piedra, en cada momento, se hiciera cómplice de un amor recién inaugurado al resguardo de sus lienzos y de la cálida iluminación de sus muros. Y ahora... Ahora él parece otro, pero sólo porque ya es una parte de mi corazón y por eso es tan cercano y me parece que sus manos son extensiones de las mías, de tal forma que todo lo que le hace daño, me hiere y todo lo que le acaricia, me hace sonreir. Hacía tiempo que no escribía, y ya era hora. Y la ocasión -el día a día con él, su amor y el mío- lo merece. MERCADO MEDIEVAL DE ÁVILA 2009Imagínate por un momento que en Ávila, un día cualquiera, una gran corriente de aire empezara a voltear la muralla y sus gentes con mucha fuerza. Tras el vendaval, una gran calma. La gente se mira, observa a su alrededor y, al principio, no se reconoce, pero, a pesar de todo, cada cosa está en su sitio. Salvo con una pequeña diferencia: están en otra época. Se han trasladado en el tiempo como si la ciudad amurallada hubiera devuelto de sus entrañas la historia más intrínseca de la ciudad.
Pues bien, algo así es el Mercado Medieval de Ávila. Es una actualización del medievo en su vertiente más comercial, es cierto, pero con un componente de participación y de alegría que hace que miles de personas, un año más, se hayan acercado a esta pequeña villa cercana a Madrid para disfrutar del encanto que ofrece una ciudad revestida en su arquitectura con la seña antigua de hace siglos y que arrastra a propios y visitantes a vestirse con trajes de Guiomares, Jimenas, Diegos, condes de Navamorcuende, reyes, esclavos, escribanos judíos, pertinaces moriscos y árabes, bufones y damas de la calle.
Los que hemos visto evolucionar este mercado nos hemos cerciorado de varias cosas. Una de ellas es que sigue causando una gran expectación en los millares de turistas y curiosos que se acercan al centro abulense a disfrutar del colorido de la fiesta, del olor a hierbas medicinales y a parrillada, del contacto con otra época -idealizada a nuestro gusto y finalidad-, del disfrute de los más pequeños.
Cada vez han sido más las calles que se han puesto al servicio de esta feria del medievo, coronada por las grandes murallas que sirven de escenario único para este acontecimiento. Eso es señal de éxito, sin duda.
Otra de las cuestiones es la participación, en toda su extensión, de los establecimientos abulenses que se apuntan al carro que pasa frente a su calle y deciden sacar al público su producto: joyas, comida, ropa, zapatos, cestos, cerámica, bebida... Y es que hay que aprovechar el tirón. Como también lo han hecho muchas asociaciones de la capital, que han decidido autopromocionarse -igual que los comercios anteriores- adaptándose al entorno, como camaleones disfrazados de dragones... Está bien que salgan a la calle en estos momentos. Así lo han hecho muchos chavales que hasta han vendido "agua de botijo a 10 céntimos". No está mal la ocurrencia; no, señor. Eso sí: en algunas calles, las más "locales", se notaba el bajón de calidad e incluso se puede decir que daban una imagen algo regular del espectáculo callejero. Sí, había cosas muy cutres entre las ventas de algunas asociaciones y de algunos grupitos de niños espabilados. Me hizo hasta gracia.
Está claro que se ha conseguido, después de trece años de historia de este mercado, consolidar este evento turístico apoyado firmemente en una muralla medieval que respalda el carácter de la fiesta. Si es la primera vez que asistes, la sensación de quedarse con la boca abierta es inevitable; también la del agobio el sábado. Las mejores horas para visitarlo siempre son la primera de la mañana y la de la tarde. El domingo por la tarde también es muy aceptable.
Algunos consejos
En general, me he vuelto a llevar una impresión muy grata del mercado, y lo digo como vecina de las afueras -y el año pasado del centro: imposible aparcar-; precisamente es el aparcamiento lo más complicado. Lo mejor es disponerse a pasear por esta bella ciudad y aparcar un poquito más lejos del centro. No hace falta alejarse mucho, ni subir ni bajar cuestas. Desde la estación de trenes y la de autobuses hasta la muralla hay apenas diez o doce minutos. Minucias para los madrileños o los vallisoletanos, por ejemplo.
Otro consejo para los visitantes es observar los precios de los puestos; cuidado con las "clavadas", ya que hay muchos que no se molestan en poner lo que valen las cosas. Pregunta primero, por el bien de tu bolsillo, y evita puestos de caraduras, que siempre los hay.
Fiesta medieval de referencia
El Mercado Medieval de Ávila se ha convertido en una referencia de este tipo de fiestas no sólo por su trayectoria; también por su consolidación durante este tiempo y por la integración de la ciudad. La participación de los abulenses demuestra que son ellos los primeros que venden su fiesta. LA QUINTA DEL 73Así como lo lees. La quinta del 73 rondamos los 35 o 36 y, por supuesto, no todos somos iguales. Los hay, como yo, de los hermanos mayores, pero también hijos únicos y pequeños de la familia.
En esto de la música también tengo otros recuerdos menos infantiles, pero igual de intensos, como la música de Abba que ponía mi tía Olgui -en la primera cadena musical que vi en una casa-, Sabina, The Waterboys (con una de mis canciones preferidas, Fisherman's friend), y los éxitos de los 40 principales los sábados por la mañana, debatiéndose entre Abellán y Joaquín Luqui... Katrina and the Waves, Bubble, Hombres G... y otros que descubriría más tarde. Eres túAunque nos miremos en un espejo mínimo... o aunque ese espejo se rompa en mil pedazos diminutos, nosotros seguiremos siendo esa luz. Formaremos parte de una, o de mil, de esas minuciosas y justas gotas de reflejo incomprensible que es nuestra cara en un espejito mágico. Espejito, espejito, ¿quién es la más guapa del mundo? Quizá me diga que Alicia, que fue a la que vio atravesar su cara oculta. O puede que me compare con la pequeña e inocente Dorothy, en aquel país de Oz... A lo mejor me dice que la más bella es una princesa que se quedó domida a causa de un desa fortunado pinchazo con un huso. O tal vez quiera acordarse de aquella jovencita llamada Blancanieves, que vivió en el bosque con siete enanitos que la cuidaron de su madrastra... La princesa del mar, la dama del bosque, la enamorada de un ladronzuelo del Bazar... Qué más da... Todas buscaban -buscamos- lo mismo: un príncipe azul adaptado a los tiempos modernos. ¿Eres tú el príncipe azul que yo soñé?
Un trocito de bizcochoGeneralmente pensamos que la cocina no está hecha para nosotros. Hablo en plural. En la cercanía que proporciona la calidez de la primera persona del plural, para ser más exactos, porque creo que tendemos a no valorar nuestras posibilidades culinarias. Y quien dice culinarias dice lingüísticas, y de categoría, ya que no todo el mundo puede presumir de conocer los artefactos con los que llenamos este peculiar espacio de nuestro hogar.
Si estás pensando, por el título, que el bizcocho me salió de perlas y este pequeño relato es para presumir, te equivocas. Bueno, malo no está (al contrario) pero tiene una apariencia humilde y bajita que indica claramente que soy principiante en esto de la repostería.
Y todo tiene una explicación. Después de tres bizcochos bajitos (pero ricos ricos), sin olvidar la levadura, he llegado a la conclusión de que pongo el horno demasiado caliente, lo que provoca que la masa suba rápido y poco, se haga en menor tiempo pero quedándose así, bajito...
Os dejo la receta del bizcocho de limón. No pongáis el horno a 230º C; quizá valga con los 180...
BIZCOCHO DE LIMÓN
Ingredientes: tres huevos, una taza de harina, una cucharada de aceite, levadura, media taza de azúcar, un yogur de limón.
Elaboración: se baten los huevos con las varillas, se añade el azúcar y, a continuación, la harina con la levadura. Se mezcla bien para que no queden grumos y se añade el aceite y, finalmente, el yogur.
Se unta el molde con mantequilla y se rocía con harina (para que no se pegue el bizcocho). Después se vuelca la masa en el molde y se mete en el horno, previamente calentado (a 180ºC, no te olvides). Se supone que tiene que tardar unos 40 minutos en hacerse del todo.
Para decorarlo, puedes echar unas semillitas de sésamo y queda divinamente.
Si te sale bien, acuérdate de esta humilde cocinera que te escribió la receta... e invítame a un café con bizcocho. La casa de la puesta de solDicen que no hay dos amaneceres iguales y que es un momento especial y bello del día. Últimamente espero el amanecer con los ojos cerrados o bien con las ventanas bajadas y me pierdo una y otra vez la salida del sol, que surge entre edificios que envuelven mi actual casa. En definitiva, no le presto demasiada atención.
Quizá es que soy más de disfrutar la tarde, de sus colores, aunque me deja extasiada mi Muralla abulense cuando, como un reloj solar, baja la guardia de la sombra de sus almenas suavemente, deslizándola por sus piedras milenarias hasta fundirse con la hierba. Así pasan las horas en Ávila. Las tardes tienen su reflejo en los colores de las espadañas, en el vuelo de las cigüeñas regresando a los nidos de la catedral, en el alboroto de los 'aviones' entre los muros pétreos, haciendo círculos y más círculos como queriendo siempre volver a casa... pero sin saber dónde está...
Los paseos vespertinos junto al río Adaja, oyendo en la radio a Félix Madero en 'De costa a Costa', alejándome del estrés diario, ya no serán igual a partir de ahora. Cambio de casa y cambio de río. A partir de ahora caminaré por la tarde por el paseo del río Chico, bajo el puente de la Sanguijuela, intentando descubrir otros rincones bellos a las afueras, eso sí, de mi ciudad. No cambiaré la radio y le sumaré la música variada de mi iPod, y la puesta de sol la contemplaré más profundamente.
Y es que mi nueva casa tiene una peculiaridad. El Principito estaría encantado de ver una y otra vez el atardecer pintado de acuarelas que se observa desde todas las ventanas de mi hogar. Anaranjadas, violetas, blancas y amarillas, las trazas de este dibujo único y natural parecen interminablemente bellas si se contemplan desde un salón color naranja-limón. Las nubes arreboladas parecen decirme que me acostumbraré a vivir aquí, que tengo lo que necesito. Incluido el paisaje.
Dicen que no hay dos puestas de sol iguales y que el lugar más hermoso es contemplarlas con el mar de fondo o en la cumbre de una montaña. Quizá sea cierto, pero yo soy tremendamente feliz viendo ocultarse al gran astro bajo la certeza granítica de la Sierra de Ávila y, más allá, la Serrota. Al menos hasta que construyan al otro lado de la calle... Flores blancas, blanca primaveraUn estornudo es prueba inequívoca de que llega la primavera. Suele aparecer despistada, entre vientos, nubes y abejas, y poco a poco se va asentando en nuestras vidas. El campo revive sus colores verdes, seña de que alguien siembra sus cereales de forma invisible y dura. Los árboles se llenan de hojas de un esmeralda intenso y los frutales, en particular, se tiñen el pelo dispuestos a polinizarse. En varios puntos de España, el paisaje se vuelve de color nieve, inmaculado e indescriptiblemente bello. Es lo que llamo 'color blanco cerezo', ya que son nubes de algodón lo que parecen, en el horizonte de algunos valles. Uno de los más famosos es el Jerte, que celebró hace unas semanas su Fiesta de la Cereza, coincidiendo con el puente del día del Padre. Miles de personas inundaron el campo blanco desvirtuando, en cierta forma, la tranquilidad del campo, del pueblo, del aire puro. Aun así fue un verdadero placer para los sentidos. Y es que un mar de cerezos arranca miles de sonrisas, de forma que la sensación de bienestar se multiplica por x. Todos los años "bajo" al Valle del Jerte por el Puerto de Tornavacas, divisando las distintas estampas de otras tantas alturas. Mi preferida, además de la panorámica de lo alto del puerto, es el río a su paso por Cabezuela del Valle. También las gargantas que se cruzan a lo largo de la carretera (Soria-Plasencia). Te puedes quedar dormido en alguna de las piedras cercanas al agua, relajarte con su sonido cristalino y revivir un amor. ¡A pesar de estar rodeado de turistas! Este año ha sido algo distinto. He descubierto la otra cara del valle; en este caso, el Valle de la Vera. Primero, atravesando Candeleda y descubriendo los cerezos de El Raso -anejo candeledano-. Más adelante, a partir de Cuacos de Yuste y hasta pasado Pasarón de la Vera, de nuevo un mar de frutales florecidos junto a la carretera. En un valle más angosto, donde se pierde la perspectiva del paisaje, la referencia se cubre con los árboles que se tocan casi desde el coche. Autoturismo, turismo de carretera: lo tenemos de forma inmediata y genera una sensación de bienestar inmensa, pletórica. Hay algo mucho mejor: la compañía. Y bajarse del automóvil y recorrer los caminos; hablar con las gentes del lugar; conocer, de esta forma, las costumbres de un pueblo. Y es que ya lo decía Antonio Machado, que nada decía ni de carros, ni coches, ni trenes ni autobuses: se hace camino al andar. ProtecciónEs curioso lo que se aprende del ser humano observando a un pequeño bebé. Lo que somos, lo aprendemos instintivamente, en muchos casos, y nuestro afán por sentirnos protegidos nos hace llorar, gritar, temblar... y otras cosas mucho peores (véase la recién oscarizada película india Slumdog millonaire, que dice eso y más).
Nunca me había fijado en un detalle de los bebés hasta ayer. No soy madre (sólo tía, y a mucha honra), y quizá por eso no había reparado, como ayer en Elena (mi sobri; tiene, cuando escribo esto, 18 días en este mundo -que no en esta vida, que lleva bastante más-), en su lloro instintivo al sentirse desnudita, mientras su mamá le cambiaba el pañal. "Es porque piensa que se va a caer. Sujétale las manitas y ya verás cómo se le pasa", dijo mi hermana. En efecto. Fue sentir el calor de mis manos apretando las suyas y volvió a ser la misma Elenita tranquila, espabilada, atenta a su alrededor intentando captar el más mínimo detalle de color, ruido, olor, sonido, palabras, risas...
Su mundo se reduce a lo que lleva conociendo meses -las voces de sus hermanas y sus caricias, que le hacen sonreír (es cierto)-, los pasos de su padre y el regazo calentito y cómodo de su madre. Es el mundo seguro que todos ansiamos, aún cuando hemos crecido.
P.D. De 'Slumdog millonaire' ya hablaré, pero otro día. Esperando el buen tiempoLlevo meses a la puerta de mi casa, paraguas en mano, guantes de colores y gorrito con borla incorporada, con el abrigo nuevo y cansado de atrapar el largo frío de este invierno interminable.
Miro a lo lejos, con la nariz colorada y los ojos llorosos del helador viento que sopla, y me escondo en el rellano para protegerme, aunque sea un poco, del temporal -que debe estar cansado de arrollar con su brillante capa los parabrisas de los coches, por la mañana-. Sigo esperando a que llegue. Espero sin descanso, y más cansada que nunca porque cuando se estremecen todos los músculos del cuerpo, estos se contraen de tal manera que siempre estás en tensión.
Y tras meses a la puerta de mi casa, con el temblor del frío y las mejillas arreboladas, por fin ha llegado. He decidido, pues, soltar los guantes y agarrar sus manos cálidas, poderoso sol, para no dejarle escapar durante un tiempo. Le soltaré cuando arda mucho. Entonces me pondré una sombrilla o me broncearé, con una buena cervecita de la mano, celebrando que ha decidido quedarse. Momentos mágicosEn una ocasión me dijiste que no había personas mágicas, sino momentos mágicos. Quizá tengas razón. Lo de los momentos lo tengo muy claro. Simplemente se recuerdan como algo especial y único, irrepetible.
Yo sueño con vivir esa magia cada día, contigo, al igual que un día llegó a mi vida. Lo podría definir como esa chispa fugaz que llena de luz un rincón de tu vida, te envuelve en una calidez suave y anaranjada y te da un beso en la mejilla. Luego vuelves a la realidad y piensas que todo es maravilloso, aunque siga siendo igual que siempre... El mundo cambia en un segundo y se llena de emoción y de sonrisas tontas.
A veces la magia es el amor. Y otras muchas, las cosas son más fáciles de lo que las hacemos.
En una ocasión te dije que eras mágico. Quizá tenga razón, ¿no? Al calor de la mesa-camillaNos caracterizamos -los humanos y humanoides que habitamos este planeta- por complicarnos la vida continuamente. Es algo común en especies que, como la nuestra, nos las damos de superiores. Mentiría si dijera que sólo nosotros somos capaces de entrar en crisis, porque la propia Madre Naturaleza se encarga de regular las que aparecen y desaparecen, y en ocasiones le cuesta un precio muy alto: el sacrificio de muchas especies. No quiero entrar ahora en quién provoca estas crisis e incluso catástrofes naturales, porque seguramente saldrían los humanos -y humanoides, en su defecto- a relucir, aunque no siempre, no seamos catastrofistas...
A lo que iba. Sigo pensando igual que hace un rato: nos complicamos mucho la vida. Dios creó al hombre y a la mujer y les puso a trabajar enseguida. Dios creó el Universo -así, al menos, lo creo-, y en un rinconcito casi invisible puso a millones de humanos -y humanoides- a dar mucha guerra, y a ocasionarlas. ¿Por qué? Pues porque los hombres y las mujeres tienen voluntad, sentimientos, valores, aspiraciones, pensamientos y razonamientos. Todo ello lo diferencia del resto de los animales y nos hace equivocarnos muchas veces.
Sin embargo, estoy convencida de que hay una vida más sencilla de la que ahora nos planteamos. Dios creó el campo y la ciudad; las grandes urbes y los pequeños feudos fueron la transformación del hombre moderno. Surgieron las bibliotecas, los museos, las compañías eléctricas y los teléfonos móviles. Se creó el centro comercial y los hipermercados, que son como una droga extraña que te invita al consumo compulsivo incluso cuando simplemente quieres llenar, de forma inocente, la cesta de la compra.
Y lo digo a sabiendas de que me meto en camisas de once varas y que redacto lo dicho en un momento sumamente delicado, donde valoramos mucho nuestro trabajo por la cuenta que nos trae -y a nuestras familias-. Sería falso que ahora dijera que se vive mejor en el campo, cuando agricultores y ganaderos se quejan, con razón, de que a su bolsillo sólo entran telarañas y facturas mientras los distribuidores y los intermediarios se llevan una pasta. Eso sí: al menos en el campo tendríamos menos gastos.
Pero voy más allá. Fuera está nevando y se ven los copos deshacerse en el suelo, suavemente. Y se me presenta una estampa divina: a mis abuelitos tranquilamente sentados alrededor de la mesa camilla de su cuarto de estar (en este caso da igual el campo o la ciudad). Mi abuela asegura que no la cambia por nada del mundo y que, aunque tiene un salón bien hermoso, donde se está mejor es en ese cuartito al calor de las faldillas. Imagínate que, además, es la hora de cenar. Mi abuela cocina como los ángeles, aunque sean unos simples huevos fritos. Con una hogaza de pan de pueblo y un poquito de cebollita frita... se te olvidan todos los problemas.
Ni crisis ni leches. Seguro que así mañana voy a trabajar más relajada y con una gran sonrisa. Y si no tengo trabajo... algo encontraré, que estamos en crisis y hay que trabajar de lo que sea. Y a mucha honra. Otoño
Llueve a carcajadasNo se ve la luna, y eso que debe estar preciosa y otoñal en este cuartocreciente momento de gloria. Sin embargo, llueve a carcajadas y el agua limpia las calles empedradas de la ciudad. Hace un rato, más que limpiar parecía que iba a borrar los adoquines, como si fueran caramelos de ésos zaragozanos que sólo se deshacen con paciencia.
Imagínate la Muralla abulense despintada por la tormenta. Como una acuarela con esponja en lugar de pincel. El ocre de la piedra de sus grandes sillares, envuelto en lágrimas inconsolables que se lleva el río Adaja hacia el castro de Las Cogotas. Después, hasta el centro, hasta el mismo centro de la Moraña. Y ya en Arévalo, se lo devuelve a sus pinares y a sus campos de cereal, como un regalo de Dios para las grullas que volverán en noviembre a nadar en los labajos solitarios de sus praderas.
Pego mi nariz en el cristal y veo cómo caen las gotas en el macetero, regando la menta, los geranios y una gitanilla rosita que este verano renació con la inusitada fuerza del sol. Y como el cristal está frío y yo me estoy poniendo melancólica, me siento en el sofá, me envuelvo en mi mantita de tréboles y... leo. O hago punto de cruz. O simplemente veo la tele con la desgana de un sábado tardío.
¿Te he dicho que no se ve la luna...? Mi sobri María siempre la está mirando. "Bocadillo de lagartijas"Nos vimos por primera vez un cuatro de octubre. Los dos temblábamos del frío o del miedo escénico, en una escena improvisada en medio de Madrid. Me mirabas, con ojitos suplicantes, intentando descubrir en mis pupilas algún rescoldo de amor, de sentimiento, de algo... Me mirabas intentando guardar en tu cabeza cada milímetro de mí. Y, al tiempo, yo hacía lo mismo.
Aun así, era como si nos conociéramos de hace un siglo y por eso no me hizo falta descubrir a un niño "con pijama de cuadritos" en mitad de la calle, con una mano en un bolsillo y la otra, portando una bolsa naranja llena de cosas mágicas... Aunque lo mágico lo pude observar a la primera: eras tú. Te habías quitado el disfraz de principito y te mostrabas como un hombre que me dejó mucho más sorprendida de lo que pensaba - y es difícil superar las expectativas después de un encantamiento...-. Yo me aliené en una peli de fantasmas... y perdimos el apetito. Aun así, varita mágica en mano, nos hicimos dos bocadillos: uno estaba vivo y enamorao. El otro, era de lagartijas... ¿Somos lo que comemos o nos quema lo que comemos?Los productos químicos nos pasan factura. No hace falta un cataclismo tipo Chernobyl para ver cómo, en muchas ocasiones, los alimentos de siempre ya no son los de siempre, sino otros bien distintos, embutidos en espesantes, anticongelantes, estabilizantes, emulgentes... yo qué sé... Simplemente, y hablando de embutidos (o algo parecido), te invito a que leas de lo que está compuesto un producto que nos dan desde niños: el jamón de York. Jamón cocido, sí, pero ¿qué más?
La moda de los alimentos ecológicos tiene su por qué. Es una necesidad creada, pero es una especie de retorno a tiempos pasados, en los que no se conocía el E-170 o el E-225... por decir alguno de esos famosos y desconocidos números que aparecen en el apartado "INGREDIENTES" de cada cosa que nos metemos entre pecho y espalda.
Estamos en la fase del regreso al pueblo, a lo sano, a la naturaleza... o lo que queda de ella. Me gustan los tomates de huerta, regados y cuidados naturalmente, o las lechugas que no son "iceberg" y parecen prefabricadas. Me gustaría comer pollo de corral, que comiera cosas normales de 'pollo', cruzara la carretera de la úinca calle del pueblo y tuviera músculos sanos... Son ejemplos, sí. La realidad es que esos tomates, pepinos, lechugas, pollo... "ecológicos" o "biológicos" cuestan más del doble que los que no lo son.
Parece que la salud nos cuesta dinero. Hay que pagar un precio, y ése es el "agosto" hortelano de algunos. Lo contrario, eso sí, es rellenarnos de alimentos artificiales y sufrir las consecuencias... Ya hay muchas enfermedades que llevan a sus espaldas la intolerancia a esos productos químicos de lo que comemos, de lo que nos perfuma, de lo que vestimos. El siguiente paso será... ¿resistir? o ¿morir? o ¿sobrevivir? La ley del más fuerte está servida en plato frío. Y tras el cristal... desiertoLa verdad es que impresiona. Si te paras a pensar de dónde sale cada matiz cromático de los montes volcánicos de Timanfaya, en Lanzarote, la cabeza empeiza a dar mil vueltas y terminas... absorta. Es la segunda vez que viajo a esta pequeña isla canaria. La vida tras el fuego. Tras el cristal del autobús, que vocea la historia isleña, el desierto de cenizas. El calor moderado entre la lava seca.
Las flores vadeando calles, pintando de colores el verano. Rojo, blanco, naranja y amarillo. Intenso. Los cactus forman jardines inusitados. Las palmeras, fértiles de dátiles dulces, dan sombra al paseante. Mientras, el volcán no duerme. Es más: facilita la tarea de brasear pollos y sardinitas (de verdad). Y es que no sólo es el parque Nacional de Timanfaya lo que impresiona. La tranquilidad de las gentes en Playa Blanca (cerca de Yaiza y enfrente de Fuerteventura).
En mi camino encontré playas blancas y doradas, multitud de peces de colores, erizos de mar, piedras negras y restos volcánicos en cualquier lugar. Y entre paseo y baño, el momento de la compra, lidiar con los indios que se "pegan" por llevarse el gato al agua. El inglés y el alemán, los más valiosos. Los que más pagan. Al españolito le pinchan con precios ridículos porque estamos en crisis y, a lo mejor, cuela. Y coló. Fueron buenas compras y aprendí muchas cosas... Sobre todo a tener paciencia.
El último recuerdo: el mar dorado, el sonido dulce del agua salada rebotando suavemente en mis oídos. Y tu ausencia.
Estoy contentaYa lo sabía. Llevo viendo el trabajo de este chico desde hace poco tiempo, quizás un par de años, y hay una cosa que me llama mucho la atención: su accesibilidad, su normalidad, su forma de trabajar (eso no es normal, sino extraordinario). Hablo de Carlos Sastre, un abulense, barraqueño y pegado a una bici constantemente. Un luchador de los que gana a base de pequeñas victorias diarias. Y la de esta tarde -como digo, y no es vanidad, ya lo sabía- ha sido la más importante.
La victoria de Sastre en la crono del Tour de Fancia 2008 (20ª etapa, Cérilly - Saint Amand-Montrond, 26 de febrero) ha sido, a mi entender, la última gota de un vaso que se ha ido llenando a base de pequeñas gotitas de esfuerzo, todas encaminadas a una prueba, el Tour. Me lo decía su padre esta mañana, recién llegado al aeropuerto de París, y tras varios intentos telefónicos: "Carlos lleva preparándose todo el año para el tour". Y ha sido algo concienzudo, como quien prepara, con cariño incluido, las más duras oposiciones (véase juez, notario, etc) para quedar el primero en la lista. Y, ojo, que el primero sólo llega uno. El resto forma filas -como ya lo hizo él anteriormente- en torno al ganador.
Yo, que no soy una gran aficionada al ciclismo -quizá más en tiempos de Induráin, aunque yo fuera un 'mico'-, veo la actuación del Sastre en el tour y me quedo maravillada. En él cabe la 'maña' más que la fuerza, y también la 'mañana' de aquéllos que "cuando madrugan", Dios les ayuda...
Enhorabuena, Carlos,
estoy contenta, por lo que me toca de abulense -hacer patria nunca está mal-, y emocionada. He aprendido mucho con tu 'Tour'. La ratita presumidaHabía una vez una ratita que estaba barriendo la puerta de su casita. Barría y barría con mucha dedicación cuando, al mirar al suelo, se encontró un reluciente boleto de la Primitiva. Era de la fecha de ese mismo día y, corriendo, fue a comprobar si estaba premiado. ¡En efecto! ¡Qué suerte había tenido! No era muy cuantiosa la cifra pero, pensó, le serviría para darse un capricho. Al fin y al cabo, después de toda la semana trabajando sin parar, consideraba que se lo había ganado. La ratita pensó y pensó hasta que decidió comprarse un bonito vestido de fiesta. Era de un color granate intenso, como un vino joven, con dos tirantitos y algo de vuelo. La tela tenía una caída preciosa y a la ratita le sentaba de maravilla. Se miró al espejo y dijo: "Hoy es sábado. Me iré a bailar con mi vestido nuevo". Salió de casa y se fue con sus amigas a charlar y a bailar en una discoteca de la ciudad. Sus amigas miraban de reojo, y con algo de pelusilla, el vestido nuevo de la ratita. Mientras daba vueltas en la pista, muchos animalitos se fijaron en ella. Y cómo no hacerlo: estaba deslumbrante. Así, uno a uno se fueron acercando a la ratita. "Ratita, ratita, ¿quieres bailar conmigo?" Y la respuesta, casi siempre la misma: "¿Y mañana ¿me invitarás a un café...?". Al primero se le desataron los cordones de las botas y no volvió. Al otro le entraron ganas de ir al baño, y no regresó. Otro se dio la vuelta y pensó que la de enfrente sería más fácil de conquistar y haría menos preguntas. El siguiente se fue a comprar tabaco y otros, que iban en grupo, se dirigieron a sus sonrientes amigas. "Vaya", se dijo la ratita. "Menos mal que no les he preguntado si tenían novia...". La ratita se fue, contoneando su vestido nuevo, hasta la barra de la disco. Se pidió un ron con limón "poco cargadito". El camarero la sonrió y preguntó: "¿Cómo es que estás sola?" Y ella dijo: "Me cansé de bailar". El barman se había percatado del ir y venir de hombres a su alrededor; algo que le había sorprendido, pero no preguntó nada más. Charlaron, eso sí, de lo divino y lo humano, entre idas y venidas de aquel y algunos bailoteos de la preciosa ratita. Al cabo de un rato, el camarero se acercó a ella, fuera de la barra: "¿Quedamos mañana a tomar un café?". Fue el principio de una bonita amistad. Y de algo más.
SueñosA veces, y sólo a veces, la vida te juega malas pasadas. No es cuestión de culpar a un ente abstracto, a una palabra manida. Somos pasajeros del tiempo, que acucia y propina empujones con sus paradas imaginarias.
Mejor sería hablar de la vida y del pensamiento. ¿Por qué no somos lo que pensamos que queremos ser? Yo quiero ser de mayor... humana. Marinera de agua dulce. Deshilvanadora de sueños. Desentuertadora de entuertos, si es que existe. Incluso costurera de amores -que en algo se me debe notar la tradición mercera-.
El caso es que hacemos caso omiso a nuestros deseos de futuro. En ocasiones, por in-voluntad propia. Otras veces nos puede el día a día, duro y cruel, de la necesidad de sobrevivir o de malvivir, según se mire, con un sueldo mileurista, que nos (im)pide el placer absurdo de hipotecarnos...
De mayor quiero ser...
Feliz.
Cinco letras armoniosas, tan perfectamente combinadas que parece imposible no amarlas, no tenerlas cerca. Pero ¿tan complicado es serlo?
Un día enredé un sueño en la cuerda mientras tendía la ropa. Y me enamoré. De mayor -y entonces- quería estar enamorada. Era mi felicidad. Después descubrí que primero debía enamorarme de mí misma, creer en mí sobre el resto de terrestres -que Dios es otra cosa-.
A veces me resulta muy difícil reafirmarme en un mundo donde los perros y los gatos no se pelean ya, porque no son competencia. Luchan bulldogs contra caniches y se enfrenta el gato común con el siamés. Todo por un hueso o un trozo de tejado. Dichoso Adam Smith y su libre mercado...
Reafirmarme es sentir que el día a día no me va a poder durante más tiempo, que voy a defender mis ideas, por mis ideales, por mis proyectos. Pero ya no quiero sueños de futuro. De mayor quiero ser...
Ya soy mayor. Soy una mujer, periodista, empresaria e independiente. Lo único que necesito es seguir creyendo en mí y salir adelante con la forja de mi trabajo.
Y ahora, ¿qué?
Pues a vivir, que son dos días. Y a soñar, que es gratis.
http://www.youtube.com/watch?v=ogeV4mpx0Lo (Dreams, Cranberries)
http://www.youtube.com/watch?v=mVuhWA8EVMo (Dreams, Fleetwood Mac)
InspiraciónMi querido diario,
hoy recurro a ti, de nuevo, para desahogar la guerra interior que aprisiono con cadenas inhumanas. Si bien hay días que necesito campo, otros reinventarme y otros luchar, en esta ocasión sólo pido un poquito de paz y mucha, mucha luz. La luz fluye a veces de dentro a fuera, aunque éste no es mi caso. Comencé a escribir una fría noche de marzo y sólo encuentro borrones de tinta negra en mi cabeza, cual impresora averiada y triste.
Quizá con un poquito de alcohol seguro que se diluye mi fuente de escritura. De todas formas, en este caso la luz la necesito para salir de pobre. Tanta publicidad me ha hecho caer, y a estas horas intento rellenar... dos primitivas, cuatro quinielas y seis bono-lotos.
Mi querido diario, dame luz para atinar y poder darme el gustazo de tirarme a la bartola seis meses en las Bahamas...
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